
Ejercicio y Párkinson
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La enfermedad de Parkinson (EP) es un trastorno neurodegenerativo progresivo que afecta al sistema nervioso central y se manifiesta por síntomas motores como rigidez, bradicinesia (lentitud de movimientos), temblor y alteraciones del equilibrio, así como por síntomas no motores de tipo cognitivo, emocional y del sueño.
Aunque actualmente no existe una cura definitiva, sí disponemos de intervenciones eficaces para mejorar la funcionalidad y la calidad de vida. Entre todas ellas, el ejercicio físico regular destaca como una de las estrategias con mayor respaldo científico.
Lejos de ser una contraindicación, el movimiento debe entenderse como una herramienta terapéutica fundamental. Un programa de ejercicio bien diseñado no solo preserva la función muscular y articular, sino que también induce adaptaciones positivas a nivel cerebral, influyendo directamente sobre los mecanismos fisiopatológicos de la enfermedad.
Tabla de contenidos
Beneficios del ejercicio físico en la enfermedad de Parkinson
El ejercicio actúa de forma global, produciendo beneficios a distintos niveles:
A nivel cerebral y neurológico
Estimula la neuroplasticidad, facilitando la reorganización funcional del sistema nervioso.
Aumenta la liberación de BDNF (Brain-Derived Neurotrophic Factor), implicado en la supervivencia y función de las neuronas dopaminérgicas.
Mejora la conectividad entre áreas motoras y cognitivas, optimizando el control del movimiento.
A nivel físico y funcional
Mejora el equilibrio, la marcha y la coordinación.
Reduce el riesgo de caídas, una de las principales causas de pérdida de autonomía.
Contribuye al mantenimiento de la movilidad, la fuerza y la independencia funcional.
A nivel emocional y cognitivo
Reduce síntomas de ansiedad y depresión.
Mejora la calidad del sueño y el estado de ánimo.
Puede favorecer funciones cognitivas como la atención, la planificación y la velocidad de procesamiento.
¿Qué tipo de ejercicio es recomendable en personas con Parkinson?
Un programa de ejercicio eficaz debe ser multicomponente, individualizado y progresivo, adaptado al estadio de la enfermedad y a las capacidades de cada persona. La combinación de diferentes modalidades permite abordar de forma integral las limitaciones motoras y no motoras asociadas a la EP.
1. Ejercicio aeróbico
Caminata, bicicleta estática, natación o baile terapéutico.
Mejora la resistencia cardiovascular, la función cognitiva y el bienestar general.
Se recomienda una frecuencia de 3 a 5 días por semana, comenzando con sesiones de 20 a 30 minutos y progresando según tolerancia.
2. Entrenamiento de fuerza
Ejercicios con bandas elásticas, pesas ligeras (1–2 kg) o peso corporal.
Contribuye a mantener la masa muscular, prevenir la sarcopenia y mejorar la estabilidad.
Debe incluir trabajo de extremidades superiores e inferiores, priorizando movimientos funcionales.
Frecuencia recomendada: 2 a 3 días por semana.
3. Reeducación de la marcha
Entrenamiento específico del patrón de marcha en suelo o en cinta rodante.
Puede incorporar estrategias como:
Uso de cargas ligeras en muñecas para favorecer la amplitud del movimiento de los brazos.
Entrenamiento en cinta con descarga parcial del peso corporal (20–40%), especialmente útil en casos de freezing.
Estímulos externos auditivos o visuales para mejorar la cadencia y la fluidez del paso.
Mejora la simetría, la velocidad de marcha y la estabilidad, reduciendo el riesgo de caídas.
4. Ejercicios de equilibrio y coordinación
Pilates adaptado, tareas de cambios de apoyo, marcha en línea recta o trabajo en superficies inestables.
Favorecen la conciencia corporal, el control postural y la capacidad de anticipación.
Se asocian a una reducción significativa del riesgo de caídas.
5. Movilidad y flexibilidad
Estiramientos suaves, movilidad articular, yoga terapéutico y ejercicios respiratorios.
Ayudan a disminuir la rigidez muscular, mejorar la postura y reducir el dolor asociado a la hipomovilidad.
6. Terapia acuática
Realizada en piscina climatizada y bajo supervisión profesional.
Incluye ejercicios como marcha en el agua, desplazamientos, sentadillas asistidas y tareas de coordinación.
El medio acuático facilita el movimiento, reduce el impacto articular y aporta resistencia progresiva.
Mejora el equilibrio, la movilidad, la fuerza y la percepción de bienestar general.
Recomendaciones de seguridad
Consultar previamente con el neurólogo y/o fisioterapeuta antes de iniciar un programa de ejercicio.
Priorizar la supervisión profesional, especialmente en personas con antecedentes de caídas.
Progresar de forma gradual y adaptar la intensidad a la capacidad funcional.
Utilizar calzado adecuado y entrenar en entornos seguros.
Conclusión
El ejercicio físico en la enfermedad de Parkinson no solo es seguro, sino altamente recomendable. Constituye una herramienta terapéutica capaz de mejorar la funcionalidad, retrasar la progresión de los síntomas y aumentar la calidad de vida.
En Premium Health & Sport contamos con un equipo de Fisioterapeutas especializados en Neurología que apuesta por un enfoque integral y basado en evidencia científica. Diseñamos programas individualizados que combinan fisioterapia neurológica, ejercicio terapéutico, terapia acuática, Pilates adaptado, apoyo psicológico y nutricional, adaptados a cada etapa de la enfermedad.
Porque cada paso cuenta y ningún progreso es pequeño.
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